Éxodo I

Cráneo de animal sobre un suelo boscoso.
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Seis hombres, como seis espectros oscuros, avanzaban en media luna sobre las sombras del día. En sus manos portaban rifles y sus ojos seguían el rastro de una herida sangrante. En el centro caminaba el viejo. Sus manos apretaban con fuerza el rifle y casi no temblaban. A veces se detenía y se acuclillaba y los demás también paraban y vigilaban el horizonte mientras el viejo leía la hierba seca o las hendiduras de la tierra.

Junto a él marchaba el chico y su nombre era Ismael. Seguía al viejo y lo observaba. Él también llevaba un rifle que no había disparado nunca. El chico caminaba ligero y el amanecer de la nueva noche lo hacía temblar.

Josué era también viejo y un rayo oscuro surcaba su rostro. La brisa subía del lago y traía consigo la pestilencia de sus aguas enfermas, de sus reses varadas en la orilla, hinchadas por el sol. Josué maldecía y se ajustaba el pañuelo en torno a la boca y la nariz, pero no servía de nada.

—Debemos encontrarla.

—Estamos cerca.

El viejo guió a los hombres entre las breñas, navegando por hendiduras en la tierra parda, violácea en la declinante luz, atravesando cañadas. Salpicaduras de sangre en las rocas. Briznas quebradas. El viejo se detuvo y palpó la esencia de la vida entre la yema de sus dedos. A su lado, Ismael se agachó y arrancó una baya de un arbusto, roja como la sangre, roja como el cielo, y la sujetó entre sus dedos y contra los últimos haces de luz y creyó ver algo moviéndose en su interior.

—Tal vez sea comestible.

—Nada en esta tierra podrida lo es.

Los seis hombres siguieron caminando y llegaron a un valle de barro y polvo. Al final del valle había una hendidura en la tierra que penetraba en sus mismas entrañas, como si lo hubiera abierto un gusano inmenso en la corteza del mundo. El viejo hizo un gesto y la media luna que formaban los seis se abrió y ocupó las crestas del valle y también su centro, y en aquella formación siguieron avanzando hasta llegar a la gruta. En su misma entrada de piedras sueltas había huesecillos y cuero putrefacto. El viejo se acercó a la apertura y la encontró insondable.

—No quiero tener que entrar ahí —dijo el chico.

—Haremos que salga.

Mientras tres de los hombres vigilaban, los otros tres reunieron hierba y madera seca y la apilaron en la entrada y el viejo le prendió fuego con cerillas. Las llamas lamieron la ofrenda y brotaron como retoños de sangre y escupieron humo al aire y el viento arropó ese humo y lo llevó al interior de la cueva, a las profundidades del mundo.

Los seis hombres se dispusieron alrededor de la gruta. El viejo se guareció tras el tronco de un árbol que había muerto hacía más años de los que él tenía y desde allí apuntó con su rifle a la negrura de la gruta sobre la que se derramaba la luz naranja de las llamas. El chico estaba oculto tras una roca y su mirada estaba puesta sobre el viejo.

De la gruta nació un rugido y tras él apareció la bestia. Saltó sobre las llamas a la oscuridad de la noche. Sus pulmones estaban abrasados por el humo y jadeaba. En su flanco, un brochazo de carne abierta. Los ojos enrojecidos buscaron a los hombres.

El viejo miró a la bestia a los ojos.

—Tirad ahora, tirad.

La bestia buscó con ojos ciegos y encontró a Josué tumbado entre la hierba y saltó hacia él, enloquecida. El trueno de los rifles inundó el valle. Ismael creía que el corazón le iba a reventar. Se obligó a apuntar y apretar el gatillo. El humo de la pólvora picaba en la garganta y los ojos. Respiró, cargó una nueva bala en la recámara y volvió a tirar.

Las balas se abrieron paso a través de la carne de la bestia. Atravesaron músculo y tendones. Partieron huesos. En la oscuridad de la noche sus aullidos se elevaron al inmenso cielo y se fundieron con él y después calló para siempre.

—Basta —dijo el viejo y se puso en pie. Los demás se quedaron quietos, apuntando aún, sintiendo la adrenalina pulsar en sus venas.

La bestia yacía sobre el costado, sus costillas hinchándose con cada respiración, cada una más trabajosa que la anterior. La sangre manaba por los muchos orificios que moteaban su cuerpo como pozos negros ribeteados de rojo. Sus ojos parpadeaban aún, pero ya no había furia en ellos. El viejo se acuclilló junto a la bestia y la veló en sus últimos instantes.

El chico llegó junto al viejo y se quedó en pie junto a él.

—No la toques.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

Entre la maleza reposaba Josué, su rostro relajado y un ojo abierto al cielo.