La muñequita de hierba
En el corazón de los setos se abría una bóveda en la que el sol caía violeta por entre las flores. Y allí vivían nuestros amigos secretos.
En el corazón de los setos se abría una bóveda en la que el sol caía violeta por entre las flores. Y allí vivían nuestros amigos secretos.
No siempre soñaba con el zigurat. A veces su descanso era negro y silencioso y despertaba feliz a un nuevo día, idéntico a los demás. Otras veces, lo veía despierto.
Antes de echarse a dormir, encendía la radio. El crujir de la estática la calmaba, por alguna razón. La radio no tenía un indicador de batería, pero le aterrorizaba pensar en el día en que se agotase. No por la vaga esperanzaba que albergaba cada vez que la encendía, sino porque aquel sonido era el único que podía hacerla dormir.
La pradera era infinita y, en aquel instante, eterna. Las montañas ribeteaban un horizonte difuso y el cielo era bajo y asfixiante. Y aquella canción, incesante y terrible, más fuerte ahora, lo llenaba todo.