Gigantes en la llanura
La mujer acampaba cuando el sol aún no se había puesto. Un poco de madera para el fuego. Un saco de dormir. Para cenar, conejo asado, si las trampas que había puesto la noche anterior habían funcionado. Si no, cecina o latas de conserva. Los días malos, la mujer se sentaba frente al fuego y lo miraba durante horas.
Antes de echarse a dormir, encendía la radio. El crujir de la estática la calmaba, por alguna razón. La radio no tenía un indicador de batería, pero le aterrorizaba pensar en el día en que se agotase. No por la vaga esperanzaba que albergaba cada vez que la encendía, sino porque aquel sonido era el único que podía hacerla dormir.
Ahora cruzaba las llanuras. Caminaba durante horas. Durante días. Y todo cuanto podía ver era hierba, y al atardecer, sombras en el horizonte, sombras que permanecían inmóviles. Las sombras de los gigantes, que hacía tanto que se habían marchado, dejando tras de sí únicamente sus cuerpos.
El sonido de la estática ahogaba cualquier otro rumor nocturno. La mujer yacía boca arriba mirando las constelaciones extrañas de un cielo que no era el suyo.
—¿Quién eres? —preguntó una voz en mitad de la noche. La mujer se despertó de golpe. La estática de la radio había desaparecido y la voz sonaba clara a través del altavoz.
—Ya te había visto antes, pero no te conozco —dijo la voz. La mujer gateó hasta la radio y la cogió entre las manos. Pulsó el botón del lateral y habló con voz rasgada, débil tras tanto tiempo.
—¿Hola? —dijo.
—Te he visto —repitió la voz—. Viajas sola. A veces matas cosas.
La mujer miró de reojo el rifle, arrebujado en el saco de dormir como un osito de peluche.
—Tengo que cazar —dijo.
—Vale —respondió la voz.
—¿Dónde estás? —La mujer gateó con la radio en la mano, de vuelta al saco de dormir. De vuelta al rifle.
—En la montaña —dijo la voz—. La montaña de cristal y hormigón.
—No sé qué es eso —dijo ella, sacando el rifle del saco de dormir y asegurándose de que estuviera cargado.
—Puedo guiarte, si quieres —dijo la voz, y los dos permanecieron un tiempo callados, valorando las implicaciones de la propuesta.
—De acuerdo.
Ahora caminaba hacia el norte con la sensación de estar adentrándose en un lugaro prohibido. Su objetivo había sido el este y cualesquiera secretos pudiera albergar. El océano, había pensado en más de una ocasión. Uno de verdad. Playas de arenas grises y brisa con sabor a sal. Había escuchado que el canto de las olas era hipnótico. Tal vez la ayudase a dormir cuando la estática de la radio se extinguiese. Pero ahora no había estática en la radio, había una voz, y la voz la guiaba al norte, lejos del océano.
Las sombras de los gigantes estaban cada vez más cerca y un antiguo miedo recorrió sus venas al verlas cernirse sobre la hierba. Cuanto más al norte, más gigantes encontraba en su camino.
—Ya te queda poco —dijo la voz un día. A su alrededor, colinas y lugares vacíos que antaño habían sido hogares. El aire ya no olía a verde, y hacía mucho que no veía conejos. En las carreteras polvorientas que serpenteaban entre las colinas había gigantes, y la mujer acampaba bajo sus miradas ciegas, negándose a buscar refugio en las casas vacías.
Al día siguiente llegó a la montaña de cristal y hormogión.
—Estoy aquí —dijo la voz cuando miró hacia la montaña, que reconoció como un observatorio.
A medida que subía la última colina, desenfundó el rifle. La puerta del observatorio se abrió y la persona a la que pertenecía la voz que la había acompañado durante días salió. La mujer alzó el rifle.
—¿Vas a cazarme? —preguntó el niño, y ella aguantó la respiración, tratando de controlar el latir de su corazón.
El niño estaba asustado, pero no echó a correr. Se quedó frente a la puerta, temblando. La mujer se agachó y dejó el rifle en el suelo. Incapaz de controlarse, se llevó las manos a la cara y rompió a llorar.
—No pasa nada —dijo el niño.
Esa noche, la mujer dormió en el observatorio con un fuego encendido a sus pies y el niño acostado en un saco de dormir junto al suyo. Había hablado hasta quedarse dormido, y ahora la mujer estaba allí tumbada, mirando las estrellas. A su lado reposaba la radio, que ya no volvería a encender.