Una carretera en la noche

Una carretera nocturna atravesando una llanura bajo nubes densas
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Daniel agarraba el volante con fuerza, como si temiese caer al vacío y aquel fuese el último bastión de tierra firme frente al abismo. Gruesas lágrimas le moteaban de oscuridad los vaqueros y sentía el frío entrar por las grietas del parabrisas. Ante los faros del coche, Isabel parecía un ánima. Con los brazos cruzados sobre el pecho, observaba lo que yacía en la cuneta. Esto es lo que le pasó a Hugo, pensaba Daniel. Este es mi castigo.

El motor vibraba arrítmico, anunciando su muerte, y sobre sus estertores, aquella música que en la mente de Daniel evocaba un coro de niños cantando entre las ruinas de una pagoda, una canción antigua y poderosa, una letanía atávica.

—Es un milagro, Daniel —dijo Isabel.

El motor acabó por ahogarse y él levantó la cabeza. Su esposa observaba aún la cuneta. En su rostro había lágrimas y una sonrisa. Bajo el mentón, las manos entrelazadas con fuerza.

Con aquella melodía retumbando en lo más profundo de su ser, Daniel se bajó del coche y sus piernas tambaleantes lo llevaron junto a Isabel, al mar de luz que proyectaban los faros.

La pradera era infinita y, en aquel instante, eterna. Las montañas ribeteaban un horizonte difuso y el cielo era bajo y asfixiante. Y aquella canción, incesante y terrible, más fuerte ahora, lo llenaba todo.

—Es un milagro —repitió Isabel, su voz trémula por el fervor. Daniel siguió la dirección de sus ojos hacia la cuneta y lo vio allí, tirado sobre un lecho de desechos e inmundicia, y no era un niño. Las alas estaban dobladas y partidas bajo el cuerpo contorsionado. El pecho subía y bajaba con el ritmo de una marea de vida en retirada, dando paso a una muerte que llegaba cabalgando sobre el llano, sin prisa, conocedora de su victoria final sobre todo cuanto ha nacido. Cada vez que respiraba, de su flanco brotaba sangre negra, espesa, burbujeante. Las antenas de su cabeza temblaban levemente, percibiendo tal vez el discurrir microscópico del aire nocturno. Daniel encontró su rostro reflejado en dos ojos poliédricos que parecían mirar ciegos al infinito. Y cantaba. De sus labios extrañamente infantiles nacía aquella melodía que todo llenaba.

—Canta como lo hacía Hugo —dijo Isabel.

—¿Qué es?

Ella se volvió a mirarle. En sus ojos, un millón de estrellas que en el firmamento yacían ocultas más allá de un manto de nubes que anunciaba tormenta.

—Es un ángel de Dios —dijo—. Un querubín.

La criatura cantaba y Daniel e Isabel, abrazados, la miraban morir.