Zigurat
No siempre había soñado com el zigurat. Antes, cuando vivía en una colmena de acero y cristal, trabajando bajo la luz pálida de los fluorescentes y viendo semillas negras elevarse hacia las estrellas, el zigurat no estaba allí.
Todo era perfecto. La granja, la sonrisa de sus hijas antes de ir al colegio, de su mujer sobre la taza de café. ¿Cuándo había trocado asfalto por cultivos, pantallas titilantes por guantes y guadaña?
A veces su descanso era negro y silencioso y despertaba feliz a un nuevo día, idéntico a los demás. Otras veces, lo veía despierto. Más allá del arroyo, tras la línea de árboles, púrpura en la tarde clara. Piedras cíclopeas elevándose hacia las alturas. Un instante después, volvía a estar sentado a la mesa. Era por la mañana, sus hijas le besaban en la mejilla. Ella sonreía tras la taza de café. ¿Habían sido sus ojos siempre del color del océano?
La tormenta bate las ventanas. Noche cerrada, luz ambarina. La familia al completo frente la chimenea, arrebujada bajo mantas con motivos geométricos. Su mujer lee de un grueso libro de tapas rojas.
La sonrisa se le desdibuja en el rostro, su mirada va más allá del cristal de la ventana. Allí está el zigurat.
Cierra los ojos con fuerza, se aferra a la manta. Pero al hacerlo, sus ojos se abren al otro lado, y entre sus manos se escapa el aire a través de una rotura en la escafandra.
Todo está oscuro.
Hace frío.
Está en el corazón del zigurat.
Sobre él se alza una figura incomprensible para sus sentidos. Mientras trata de tapar con las manos la fuga de oxígeno, la criatura lo contempla, y las palabras se abren paso a través de su mente, desgarrando su psique con hoja dentada.
—No luches. Vuelve a ellas.
La manta entre los dedos. El calor de la chimenea, de sus hijas acurrucadas a su lado, de su esposa con ojos de miel. Sobre su regazo, el pesado libro de tapas blancas.
Piensa en la mañana por llegar, en el café, en sus hijas, camino del colegio. En cómo bajará el río cargado de lluvias. Mantiene la mirada apartada de la ventana. Respira despacio. Coge aire y cierra los ojos con fuerza.
Vuelta a la oscuridad.
—Y una mierda —dice con los dientes apretados.
Cinta aislante en el bolsillo del brazo izquiero. Desenrrolla tres vueltas y tapona la fuga. La figura se desvanece ante él, perdiéndose en la oscuridad. Tambaleante, mareado, se pone en pie y da media vuelta.
Encontrará la salida. Aún no sabe cómo, pero escapará del zigurat.