La muñequita de hierba
Los veranos de mi infancia transcurrieron entre casas agazapadas en las colinas tras apretados cinturones de árboles y calles desiertas.
Chicharras en los almendros desnudos.
El rumor de una autopista en la distancia.
Paula y yo jugábamos en los valles. Cualquier tarde podías encontrar nuestras bicis tiradas en la carretera y nuestras huellas sobre un camino que llegaba hasta un algarrobo centenario. Entre las ramas teníamos nuestra cabaña, unos pocos tablones claveteados que cada año se estremecían más bajo nuestro peso.
Si remontabas el cauce del arroyo seco, hasta donde ya no se podían ver las casas ni escuchar la autopista, había un macizo de buganvillas, y en él, un pasaje. Teníamos que ir a gatas para atravesarlo y las espinas nos arañaban antebrazos y pantorrillas.
En el corazón de los setos se abría una bóveda en la que el sol caía violeta por entre las flores. Y allí vivían nuestros amigos secretos.
Nunca los vimos, pero podíamos sentir su presencia, como si nos vigilaran entre el follaje. Parecían aceptarnos. A veces les dejábamos regalos: un paquete de arroz inflado, una peonza de madera, una pulserita de oro. Y cuando volvíamos, ellos habían aceptado el trueque. Sobre el suelo siempre húmedo, una muñequita de hierba trenzada, una piedra de resina con una oruga en su interior, una guirnalda de flores.
Ni Paula ni yo le contamos a nadie ni una palabra. Nadie nos hubiera creído.
Ya no recuerdo cuánto duró. Un par de años, tal vez. De veranos, que era como concebíamos el tiempo. Tampoco recuerdo cómo los encontramos, pero sí la última vez que estuve allí.
Una mañana fui a buscar a Paula, y el bruto que tenía por padre me despachó sin darme explicaciones. Pasé el día pedaleando por las calles vacías, desubicado, llamando de cuando en cuando al timbre de Paula sin obtener respuesta. Esa noche, ya en casa, mis padres me contaron durante la cena que Paula había desaparecido, que sus padres habían ido a denunciarlo y que nadie sabía nada.
Mi recuerdo de los días que siguieron es un puzzle al que falta la mitad de las piezas. Recuerdo un inspector que olía a café y hacía preguntas inútiles. Recuerdo mirar mi bicicleta tirada en la calle, sola, y sentir un vértigo espantoso. Llamar al timbre de Paula y que su padre me echase a voces. Recuerdo llorar en nuestra cabaña en el algarrobo con las chicharras por única compañía. Paula ya no volvería y la certeza me asfixiaba.
Así que hice lo único que aún no había hecho. Remonté el arroyo, me interné por el pasadizo entre las buganvillas e imploré a quienesquiera que vivían allí que trajesen a Paula de vuelta. Lloré y me sentí avergonzado, pero también me supe observado. Entre las flores y las espinas, en aquella luz violeta, había quienes escuchaban.
Pasaron días y noches y sentí que el mundo olvidaba a Paula, que el verano iba a morir a septiembre, a un nuevo curso que ya descollaba en el horizonte y que se me exigía que pasara página.
Entonces, una noche, sentí un golpeteo en mi persiana que me sacó de un sueño intranquilo. Cuando la levanté, en el alféizar había una muñequita de hierba trenzada. En cuanto la tuve entre las manos supe lo que significaba, y aún en pijama salí a la calle, me monté en la bicicleta y respirando el aroma dulce del jazmín y la madreselva, pedaleé hasta nuestra cabaña, corrí arroyo arriba, me rasgué manos y cara con las espinas de las buganvillas.
Y allí estaba ella, tumbada bajo la bóveda de flores, a oscuras, su piel de nieve cubierta de rocío, los ojos cerrados y, sobre su pecho, una muñequita de hierba. La sacudí histérico, temiendo lo que presagiaba la lividez de su piel, pero Paula abrió los ojos y miró a su alrededor poseída por una calma extraña. La llamé por su nombre, la cogí de las manos heladas, y ella se limitó a mirarme. Y cuando lo hizo, el miedo se apoderó de mí. Me aparté de ella, sintiendo que no la reconocía, que no podía tratarse de Paula. Pero, ¿acaso no era su rostro, su pelo, sus pulseras de hilo y sus zapatillas agujereadas? ¿Su voz, monocorde, pidiéndome que la llevase a su casa?
Salimos por última vez de aquel lugar y acompañé a Paula hasta su casa. Ella caminaba en silencio, y cuando me atrevía a formularle preguntas, no me respondía. Recuerdo la cara de su padre en el umbral iluminado. Su expresión de espanto y alivio a un tiempo. La misma que tenía cuando, una semana después, apagados los rumores de policía y reporteros, los vi partir en su coche cargado de bártulos. Él, ceniciento tras el volante. Paula, sentada detrás, tan blanca como aquella noche, la mirada clavada en mí hasta que la carretera se la llevó lejos de la urbanización, lejos de mi vida. Paula no volvería a ninguno de los dos sitios.
Yo sí regresé, años después, atormentado por los recuerdos. La cabaña seguía allí, los tablones podridos y el algarrobo rodeado de adosados. Remonté el arroyo, pero por más que avanzaba, por lejos que mis piernas de adulto me llevaban, no había rastro de las buganvillas. Pero sobre unas rocas, como si me estuviera esperando, reposaba una muñequita de hierba trenzada.